La realidad SIEMPRE supera la ficción

SBMontero

Gritar está sobrevalorado La sangre no sólo gotea hacia abajo No olvides mirar hacia arriba Si no hay luz no bajes al sótano Si hay luz abajo no subas a la buardilla oscura El silenciador no esconde el disparo Nada es lo que parece Todo es exactamente lo que es La risa de los niños lo cura todo

20141226

Lucy

  Tiene que bañarse de nuevo. Lleva un par de días metiéndose en el agua hasta tres y cuatro veces a pesar de las miradas primero curiosas y luego censuradoras de los machos. Días atrás le daba vergüenza, pero ahora está demasiado mareada, ya casi no presta atención a los gestos de los otros, le molesta la luz, come muy poco y sólo gracias a otras hembras que le llevan comida cuando se acuerdan, pero sí sabe que tiene que bañarse de nuevo. Es muy peligroso, no sólo porque no sabe nadar, también porque en el agua se esconden las grandes y furiosas bocas llenas de dientes que a veces salen de la nada y se llevan a los que no prestan atención. Ella no lo comprende, sólo nota el calor interno que la agobia y la hace ver cosas que no están ahí. No le gusta meterse en el agua, es desagradable, el pelo de su espalda y de sus piernas se riza demasiado, coge un tacto y un olor extraño, pero después se encuentra mejor... por un rato, los efectos no duran demasiado.
  Se aleja del grupo, el resto ni se da cuenta. El gran macho dominante está ocupado observando con atención un bosquecillo que se ve a unos doce kilómetros más allá, cerca de la orilla del lago. Los frutos silvestres y las plantas comestibles comienzan a escasear en los alrededores y cada vez hay más moscas y tábanos, los depredadores los ubican por el olor de los desechos y deposiciones que, de forma inevitable, se van acumulando, el campamento se está tornando insalubre, además, hay una hembra enferma, por eso el gran macho se fija en otro posible emplazamiento y si no ve nada preocupante el grupo entero se movilizará a su orden, no es probable que tarde un día más. No son muchos, aunque son más que cuando la hembra era pequeña, el grupo pasó de cinco a ocho al poco de comenzar a caminar por la sabana y aumentó aún más al llegar a las orillas de la gran agua.
  Camina tambaleándose. La fiebre le trae imágenes, recuerdos de antiguas caras y expresiones que hacen aflorar sensaciones olvidadas, una hembra que la mira desde lo alto emitiendo un arrullo que la tranquiliza y acuna, un gran macho que la deja jugar con sus enormes manos, pero el recuerdo es momentáneo, inconexo y como viene se va entre la bruma de la fiebre. Ella no lo sabe, pero sus riñones dejaron de funcionar por completo dos días atrás, aunque antes ya tenía vómitos por la mañana, diarrea, dolores de estómago y olía raro, como a pescado, la fiebre alta sólo es un escalón más en un deterioro progresivo y sin remedio.
  Se adentra en un cañaveral, sus pies se hunden en el cieno y el frescor calma un poco el dolor que siente cada vez que los apoya. Camina de forma extraña, con los pies muy abiertos, apoyando el peso en el interior de la planta, su dedo gordo es prominente y sobresale, recuerdo de cuando aún se parecía más a una mano y sus ancestros vivían en los árboles sin bajar para casi nada al suelo. Tiene la visión borrosa y los ojos vidriosos, está mareada y mueve la mano a un lado y a otro de la cabeza, no sólo quiere espantar imaginarias moscas y tábanos, en medio del cieno sólo hay mosquitos que no logran alcanzar su piel a través del pelo, también es aquel extraño ruido, no es que sea desagradable, o por lo menos no demasiado, es sólo que no es natural y no sabe de donde viene.
  Cuando llega a una pequeña pendiente de fango oscuro se dirige hacia el agua, pero por el rabillo del ojo cree ver movimiento y se paraliza. ¿Ha visto una larga cola llena de escamas? Intenta mirar con más atención, no ve nada, pero sabe que está ahí, de alguna forma lo sabe y los pelos de la nuca se le erizan, aventa la nariz y pone los labios en forma de O exhalando aire, coge un poco de gravilla y la lanza hacia donde instintivamente sabe que está. El cocodrilo no quiere moverse, aquel animalillo peludo todavía podría acercársele lo suficiente como para cogerlo y arrastrarlo al fondo, pero la gravilla que cae a su alrededor lo asusta y se retira de forma ruidosa. Ella no logra verlo del todo, sólo una monstruosa silueta que se zambuye en el agua con rapidez.
  Contrariada sube la pendiente y se sienta cansada, tal vez deba esperar un poco por si el monstruo sigue cerca, vuelve a aventar la nariz y tira más gravilla hacia la orilla. El cansancio la vence, debería volver a la seguridad del grupo, pero está tan cansada que se acerca a las hierbas altas a pocos metros de la orilla, las aplana un poco haciendo un pequeño nido improvisado y se tumba, la brisa y el sonido del agua adormecen lo poco de su cerebro que aún no se ha llevado la alta fiebre, medio en sueños vuelve a agitar la mano espantando aquel extraño ruido.
  Por la noche llueve, no demasiado, pero sí lo suficiente como para que el agua de la altiplanicie busque llegar a los ríos y afluentes que desembocan en el lago. La pequeña crecida arrastra el lodo de las riveras llevándolo a las orillas del lago, aunque la lluvia no es torrencial las orillas originales del lago quedan enterradas bajo casi metro y medio de barro, pero eso no frena la naturaleza, dos días después la hierba vuelve a emerger sobre el nuevo suelo fangoso dejando bajo ella un pequeño cuerpo...

  Cayeron muchas lluvias tras aquella, muchos soles se alzaron por el Este y se escondieron por el Oeste, los ciclos lunares se sucedieron uno tras otro, aquella capa de barro se secó y endureció, se añadieron muchas otras que fueron barridas por el viento, pisadas por pies muy diferentes a los suyos que cazaban, pescaban y huían de depredadores no tan diferentes a los que ella había oído rugir en la lejanía de la sabana bajo noches estrelladas, sus hermanos viajaron al norte, sus primos cruzaron valles y montañas hacia el Este, sus bisnietos llegaron hasta Siberia y vivieron en cuevas, sus tataranietos fueron hacia el sur y cruzaron océanos para poblar islas del tamaño de continentes, otros continuaron hasta cruzar inmensos puentes de hielo que los llevaron hasta otro inmenso continente, pero algunos fueron hacia el Oeste para encontrarse con primos lejanos, hasta que aquellos que viajaron hacia el Oeste terminaron por ser encontrados por los que habían viajado hacia el Este tres millones y medio de años después.
  Sí, el mundo dio muchas vueltas hasta que en 1974 un lejano pariente del futuro la vio de reojo en la rivera seca del río Awash cuando ya regresaba a su Land Rover, en realidad sólo vio unos huesos, pero eso no fue problema, era antropólogo. Desenterró todo lo que encontró de su cuerpo y volvió al campamento. Supo enseguida que no era un chimpancé por su dentadura, al mirar la pelvis vio que era una hembra y que caminaba erguida, los huesos de los pies lo confirmaron. Una colega calculó que pesaría entre 28 y 30 kilos. Todos se dieron cuenta de que habían encontrado los viejos huesos de un lejano familiar y esa noche lo celebraron. Alguien puso el Sgt. Pepper's de los Beatles. El antropólogo salió de la tienda con el cuarto wisky en la mano y miró las estrellas mientras McCartney repetía una y otra vez "Sergeant Pepper's Lonely Hearts Club Band", después "With A Little Help From My Friends", le gustaba más la versión de Joe Cocker, pero Ringo tampoco lo hacía nada mal, y, de repente, comenzó a sonar "Lucy in the Sky with Diamonds"... después diría que la canción había sonado una vez tras otra y por eso llamó Lucy a la venerable tatarabuela, pero lo cierto es que después de "Cellophane flowers of yellow and green, towering over your head. Look for the girl with the sun in her eyes and she's gone", al repetirse por segunda vez el estribillo, "Lucy in the sky with diamonds", vio con toda claridad la sombra de una mano que parecía espantar moscas en la tienda en la que estaban sus restos. Con el sexto wisky ya no estaba muy seguro de que la canción fuera del gusto de la tatarabuela, pero el nombre le pareció más que apropiado... Lucy.



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