La realidad SIEMPRE supera la ficción

SBMontero

Gritar está sobrevalorado La sangre no sólo gotea hacia abajo No olvides mirar hacia arriba Si no hay luz no bajes al sótano Si hay luz abajo no subas a la buardilla oscura El silenciador no esconde el disparo Nada es lo que parece Todo es exactamente lo que es La risa de los niños lo cura todo

20150322

Prima Principia

  Nací en 1969 y en España, es decir, mientras por esos mundos de diox el amor libre y las enfermedades venereas hacían furor entre la juventud, aquí hombres hechos y derechos, y cuando digo hombres, digo hombres, no mujeres – las mujeres en este tema tenían poco que decir-, se escapaban a Perpignan para ver entre babeos El Último Tango en París. No era fortuito. Todo el sistema estaba pensado para que ciertas cosas, entre ellas el sexo, o sobre todo lo que tuviera que ver, insinuara, pudiera imaginarse o acercarse al sexo, fuera reprimido, censurado, anatematizado y escondido. Y cuando hablo de sistema me refiero al Estado, la Iglesia y la familia, esos tres grandes pilares sobre los que se asentaba el régimen dictatorial en el que este país vivía. A tal punto llegó la cosa que el sexo fue convertido en un tabú social. La pseudo incultura nazionalcatólica impuso un secretismo tal al tema durante los más de cuarenta años de dictadura que este se perpetuó décadas después de su final y, en algunos casos, por desgracia, aún llega a nuestros días.
  Dentro de lo que cabe, yo y la niñada con la que crecí, tuvimos cierta fortuna en ese aspecto. Crecimos asilvestrados en medio del campo, asalvajados como animalillos tirados en el monte y, por suerte, sin figuras de autoridad que pudieran ponernos cortapisas fuera de la escuela o de casa. Aunque, si por un lado estoy seguro que eso nos salvó, por otro tenía el inconveniente de la falta de información. Casi todo lo práctico tuvimos que aprenderlo a base de ensayo y error. Por ejemplo, hoy día cualquier niño/a sabe más sobre anatomía humana de lo que nosotros ni siquiera imaginábamos a su edad, pero eso no restaba un ápice a nuestra inmensa curiosidad. Es evidente que los niños sabíamos que había diferencias entre géneros, no sabíamos con exactitud cuáles, pero sabíamos que existían. Así que mi hermano y yo, por una mera cuestión científica, convencimos a una niña – tampoco es que nos costara demasiado, todo hay que decirlo-, Patricia, para que nos dejara descubrir cuales eran, eso sí, después de casi una semana de negociación y a cambio de una tableta de chocolate esquilmada de la despensa de casa.
  Me gustaría que se pusieran en situación. Dos niños pequeños, en medio del campo, observando con ojo clínico todas las partes corporales que tenía y, sobre todo, que no tenía una niña desnuda, y cuando digo desnuda es desnuda, mientras, con toda tranquilidad, se comía una tableta de chocolate mirando como dábamos vueltas a su alrededor, nos agachábamos y satisfacíamos nuestra infantil curiosidad.
  Cuando lo pienso hoy día me da escalofríos elucubrar qué nos habría hecho nuestro padre, pero sobre todo el padre de ella, en caso de que alguien nos hubiese trincado realizando aquel "experimento científico". No creo que ninguno de los dos creyera que la cosa no pasaba más allá de la inocente curiosidad de unos chiquillos.
  Nuestro desconocimiento sobre el sexo era relativa. Me refiero a que estábamos hartos y hartas de ver perros, conejos y cabras practicando sexo. Lo que no sabíamos es por qué lo hacían. Para colmo de males la poca información que obteníamos al respecto nos llegaba sesgada o, directamente, hecha un desastre. La primera gran información fue dada por Uchi, que era niña, pero arreaba como si fuera niño, lo que la convertía en uno más. Todo aquello de los perros, gatos, conejos y cabras servía para que la hembra se quedara embarazada… ah, pues vale, ¿Y nosotros, también lo hacemos así?, preguntó Octavio, no sin cierto aire de desconfianza, Uchi nos miró a todos y dijo, no lo sé. Vamos, que Octavio nos jodió vivos. La parafernalia animal servía para dejar embarazada a la hembra, ahora la cuestión era cómo lo hacíamos nosotros. Conseguimos más información, pero a cuál peor, en la mayoría de los casos era pura desinformación. Sin ir más lejos, yo mismo llegué a los diez años pensando que para que una mujer se quedara embarazada había que orinar dentro de ella, y no precisamente en parte anatómica alguna por debajo de su cintura, había que hacerlo en la boca, desinformación que le tengo que agradecer a Sebastian, Chano para los amigos, y que, estoy casi seguro, obtuvo de alguna conversación de mayores sobre sexo oral bastante sacada de contexto. Chano era mayor que yo cuando compartió su “sabiduría” con unos cuantos elegidos, en voz baja tras un pequeño muro del patio del colegio donde jugábamos. Nosotros tal vez tendríamos nueve o diez años, a lo sumo, él ya calzaba los once o doce.
  Su "sabiduría", como después me atestiguaron algunos de aquellos que la compartimos en el patio del colegio, nos trajo, llamémoslo así, varios desgraciados equívocos. En mi caso hay dos en particular que, sin ser de lo peor que me han contado, sí que ilustra a qué me refiero.
  El primero y, visto con la perspectiva de la edad que ya tengo, creo que más penoso, fue la ocurrencia que tuvimos un amigo, Sergio, y yo de dejarnos embarazados el uno al otro... imagino que no tendré que explicar cómo se desarrolló el experimento, es más, bajo ningún concepto quisiera tener que explicarlo.
  El segundo tuvo que ver con la hermana de un amigo, Margarita, un año mayor que yo.
  Existía la extraña costumbre entre los profesores de coger a todos los niños del colegio, meternos en un bolso un bocadillo, una cantimplora con agua y echarnos a caminar por aquellos montes. Tengo la íntima convicción de que lo hacían cuando no tenían ganas de dar clase y que se jugaban a piedra, papel, tijera quién tendría que llevarnos a todos en manada. A la hora del bocadillo Margarita y yo nos quedamos bastante apartados del resto y, mientras nos comíamos aquellos panes gomosos con jamón y queso, me preguntó si ya me salía lo mío, el qué, pregunté, lo tuyo, ¿Lo mío? Pues no sé. Puso el bocadillo sobre una piedra, me bajó la cremayera del pantalón y metió la mano. Tenía diez años, casi once, así que tardé cosa de una micra de segundo en estar armado, no en el mismo sentido en el que lo estaría hoy, porque entonces no tenía ni la más repajolera idea de por qué pasaba, es más, a aquella edad la mayoría de las veces me armaba sin aviso o provocación aparente, así que tampoco es que me asustara cuando pasaba, sólo la dejé hacer. En cuanto me manoseó un par de veces sentí lo que supuse unas inmensas ganas de orinar y como ella estaba mirando con mucha intensidad lo que hacía tuve la extraña sensación de que si orinaba le iba a caer en la boca, con lo que le dije, bastante acalorado y en tono serio, dadas las circunstancias, que tuviera cuidado, porque si se me escapaba el pis podía quedarse embarazada. Sin levantar los ojos de lo que estaba haciendo me dijo que no, que así no es como se quedan las mujeres embarazadas. Le iba a preguntar que cómo era entonces, pero no pude, en ese preciso momento sentí como si alguien me hubiese convertido en un calcetín dándome la vuelta de forma violenta. Ella se limitó a decir, "Sí, ya te sale lo tuyo, es que hay niños que aún no les sale". Qué decir ante aquella perla de sabiduría extrema, pues... nada, es más, tampoco podía. "A mi también me sale lo mío, ¿Sabes?", ah, ¿Sí? Contesté con gran interés. Se puso en cuclillas, se bajó unas braguitas de color calabaza que decían "Lunes" hasta los tobillos – recuerdo que pensé por qué dirían lunes, si era viernes-, me miró, la miré, se dio cuenta que no tenía ni la más puñetera idea de qué tenía que hacer, me cogió la mano y usó mi dedo para tocar un pequeño botoncito carnoso, despacio, arriba y abajo, en redondo, hasta que se puso roja como un tomate apretando los ojos, abrió la boca y un chorro caliente mojó mi mano. "¿Ves?"
  Margarita y yo estuvimos sacándonos lo nuestro durante un tiempo, cada vez que podíamos, hasta que le pregunté por el problema de Gloria.
  La cuestión es que yo había enseñado a Sergio a hacerlo porque, primero, aquello era mucho mejor, dónde va a parar, que intentar dejarnos embarazados el uno al otro; segundo, ella nunca me dijo que fuera ningún secreto; y tercero, Sergio se quedó muy intrigado cuando le dije que a ellas también les salía lo suyo, así que convenció a Gloria para hacer prácticas, pero ninguno de los dos dio con la forma. Después de clase Sergio la llevó a la casa vieja y abandonada donde nos sacábamos lo nuestro. Cuando llegué me explicaron el problema y yo, experimentado y caballeroso, intenté sacarle lo suyo a Gloria. Ella hacía lo mismo que Margarita, se ponía roja como un tomate, aunque no aguantaba la respiración, jadeaba y, al final, le temblaban las rodillas, pero no le salía lo suyo. Qué raro, pensé, y le dije a Sergio que lo intentara él, tampoco lo consiguió, así que volví a intentarlo yo. Nada, que no había manera. Ni que decir tengo que Gloria se fue a su casa con las mejillas arreboladas, despeinada, los ojos haciéndole chirivitas y una sonrisa de oreja a oreja mientras Sergio y yo pensábamos "¡Qué fracaso!".
  No se me ocurrió otra cosa que acudir a la fuente primaria. Margarita. En el recreo le expliqué el supuesto problema de Gloria con todo lujo de detalles, empezando por cómo había enseñado a Sergio a sacarse lo suyo y terminando por la sesión triple a la que habíamos sometido a la "pobre" Gloria. Puso gran atención a todo lo que le expliqué, pero no me dijo nada, se limitó a sacarse un chupachups de fresa de la boca y dármelo – automáticamente me lo metí en la boca… eran otros tiempos-, cruzó el patio hasta donde jugaba Gloria, puso los brazos en jarra, le dijo algo… y se armó la mayor trifulca entre tías que he visto en mi vida, y puedo asegurar que después he visto unas cuantas. Mientras ellas se despeluzaban y mordían Sergio se acercó y me preguntó "¿Pero qué le has dicho?", me limité a responder "No sé".
  Las separó la señorita Loli porque, no sé ahora, pero entonces los niños no teníamos costumbre de separar a quienes se peleaban. Claro está, mientras mantenía lo más lejos posible a la una de la otra empleando toda la embergadura de sus brazos, les preguntó el por qué de la pelea. Gloria, con lágrimas en los ojos, agachó la cabeza sin responder, pero Margarita… Margarita dijo con toda tranquilidad "¡Por guarra!". La señorita Loli no pudo reprimir la risa.
  La cosa no pasó de ahí. Ni Gloria, ni Margarita soltaron prenda en el posterior interrogatorio y, aunque en ese momento ninguno de nosotros era consciente de ello – la mayor del grupo de "saquémonos lo nuestro" era Juanita que tenía doce años e iba un año retrasada por culpa de una enfermedad que la hizo perder un curso entero-, si el colegio se hubiese enterado de lo que hacíamos se habría montado una bien gorda. No creo que mis padres se lo tomaran muy en serio y, estoy seguro, a mi abuelo le habría dado un ataque de risa que aún le duraría en la tumba, pero dudo mucho que el resto de los padres copiaran aquella actitud.
  El grupo se mantuvo, con altibajos, aunque la mayoría de las veces ampliándose, hasta que salimos de la unitaria. Después disminuyó considerablemente. Unos fuimos a unos colegios y otros a otros. La cosa se complicó de forma definitiva en sexto, fue la primera vez que escuché lo de "ser novios". No lo entendí entonces y sigo sin entenderlo. Bajo mi punto de vista es una perversión innecesaria de las reglas del juego. Claro que, después, vino el instituto… aunque esa es otra historia.

  Tengo mucho que agradecer a aquella época de la unitaria. No creo que mucha gente pueda decir que su descubrimiento del sexo fuese tan sano, libre de prejuicios, tranquilo y sin ingerencias de mayores, porque, seamos sinceros, los mayores vician la inocencia y ven depravación, perversión y mala idea donde sólo hay niños jugando con su cuerpo. Bajo mi punto de vista fue una forma estupenda de familiarizarnos con las reglas básicas del juego, la inmensa mayoría de ellas aún las respeto y mantengo... casi siempre.

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