La realidad SIEMPRE supera la ficción

SBMontero

Gritar está sobrevalorado La sangre no sólo gotea hacia abajo No olvides mirar hacia arriba Si no hay luz no bajes al sótano Si hay luz abajo no subas a la buardilla oscura El silenciador no esconde el disparo Nada es lo que parece Todo es exactamente lo que es La risa de los niños lo cura todo

20150415

¿Es usted una profesional?

  Subió la calle resoplando hasta mitad de cuesta, no tardó en parar y apoyarse contra la pared. Sacó un pañuelo crema para enjugarse el sudor de la calva, detrás de las orejas, el cuello, bajo el mentón y el bigote. Observó lo que le quedaba.
  No era joven, bueno, sí, pero no en ese mundo en el que te pasas el día detrás del volante dando conversación a idiotas que se quejan de lo cara que es la carrera, para, con suerte, volver a casa llevando tres cochinas perras en el bolsillo. Cincuenta y seis años y taxista, sí, veintiocho años comiendo y durmiendo mal, engordando, aguantando dolores de espalda, el embotamiento de las piernas... miró hacia lo alto de la cuesta, quedaba poco.
  El número ciento treinta y tres no se diferenciaba del resto de los edificios hechos en ristra, iguales, las mismas paredes de cartón y puertas de papel, las mismas ventanas de aluminio. Volvió a pasarse el pañuelo por el cuello mientras miraba el portero automático. Ocho botones, todos con número y letra, a excepción de uno escrito a rotulador, "Madame Yaniqua". Tocó.
  —¿Sí? —contestó una voz chillona.
  —Ma... ¿Madame Yaniqua?
  —¿Sí? —repitió.
  —Tengo... hora con Madame Yani...
  —Adelante —la puerta se abrió con un zumbido —, es el tercer piso.
  El vestíbulo olía a desinfectante y los buzones estaban desvencijados y viejos, el ascensor brillaba por su ausencia y la escalera, estrecha y con una inclinación que vulneraba cualquier tipo de normativa municipal posterior al siglo XIX, estaba hecha para matar de un infarto a los inquilinos. Se agarró con fuerza a la barandilla mientras subía.
  La puerta del piso estaba entreabierta, sólo veía penumbra, así que tocó con timidez.
  —Pase y cierre la puerta, por favor.
  Había un oscuro pasillo con puertas cerradas a los lados, al fondo se vislumbraba un poco de luz que venía de la calle. El piso olía como casi todas esas casas en que viven personas mayores, a galletas María y linimentos que no sirven para nada excepto darse friegas. En el salón una señora con una estrambótica peluca rubia de un amarillo irreal lo miraba mientras mezclaba una baraja del tarot y sonreía con unos dientes blancos igual de irreales.
  —Buenas tardes, señor... perdone, no recuerdo...
  —Esparraguera, Javier Esparraguera.
  —Señor Esparraguera. Espero que no le haya costado encontrar mi consulta —lo de "consulta" le hizo gracia.
  —No, tranquila.
  —Por favor, tome asiento —dijo. Se puso seria —Espero que no le moleste, señor Esparraguera, pero tengo que recordarle que cobro cien euros por...
  —Oh, por supuesto —dijo dándole dos billetes. En cuanto cogió el dinero aquellos dientes irreales volvieron a sonreír.
  —¿No ha cambiado de opinión, señor Esparraguera? —la miró torvo.
  —¿Es usted una profesional, Madame Yaniqua? —le devolvió una mirada igual de torva.
  —¿Qué maldición quería exactamente?
  —Una que le arruine la vida a alguien, pero poco a poco, a lo largo de años y que haga lo que haga no pueda quitarse... a no ser... bueno, ya sabe, qué le voy a decir sobre maldiciones —ella ni pestañeó.
  —Sé qué maldición es.
  —Entonces... lo ha hecho antes...
  —Por favor, la duda ofende —dijo meneando la cabeza.
  —¿Muchas veces? —preguntó.
  —Unas cuantas.
  —Bien, es la profesional que busco.
  —Oh, me gusta que... —no dijo más, recibió un tremendo golpe con una porra extensible en la sien izquierda.
  Javier Esparraguera no perdió el tiempo. La tumbó en el suelo cruzándole las manos sobre el pecho, echó sal a su alrededor, sacó un papel bastante manoseado y, mientras la empapaba en gasolina, leyó aquella letanía, dos veces, para asegurarse, antes de clavarle un punzón para hielo en el corazón, la parte que menos le gustaba, pero era necesario. Después encendió un pequeño puro y dejó caer la colilla sobre el vestido estampado de Madame Yaniqua. Ardió despacio, pero en cuanto el fuego comenzó a avivarse Javier Esparraguera cogió el dinero de la mesa y desapareció.
  Madame Yaniqua jamás supo que buscaba una adivina errante que lo maldijo cuando tenía veinte años por llamarla y reírse de ella. Después su vida fue cuesta abajo, hasta que leyó un viejo artículo sobre brujería en la revista Más Allá. Solución, matar la bruja, ¿Pero cómo? Había pasado tanto tiempo, así que se convirtió en taxista, de ciudad en ciudad, buscando, encontrando y eliminando.
  A veces, cuando llegaba a casa, le asaltaba la duda de si ya la habría encontrado sin siquiera darse cuenta...

  ... pero es que le gustaba tanto fumarse aquel purito.


Este pequeño relato fue enviado al taller de escritura Literautas, el 14 de abril de 2015, para la escena "La maldición"

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