La realidad SIEMPRE supera la ficción

SBMontero

Gritar está sobrevalorado La sangre no sólo gotea hacia abajo No olvides mirar hacia arriba Si no hay luz no bajes al sótano Si hay luz abajo no subas a la buardilla oscura El silenciador no esconde el disparo Nada es lo que parece Todo es exactamente lo que es La risa de los niños lo cura todo

20160129

El origen del cristianismo - Introducción

  Habrá quien no, pero yo recuerdo a la perfección cómo me aficioné a la Historia. Corría el año 1978, sólo se veía la Primera en televisión - por estos lares no se comenzó a ver la Dos hasta bien pasado 1982-, y se estrenó una serie, tenía sus correspondientes dos rombos, que yo vi con la cabeza por los pies de mi cama a través de la rendija de la puerta que daba al salón. Este truco no me duró todo lo que hubiese deseado porque, a raíz de una conversación entre mi abuelo y mi madre y una duda sobre el nombre del caballo de Calígula, que yo aclaré sin percatarme de lo que estaba haciendo, mi abuelo me sonsacó con una sonrisa cómo demonios sabía aquello, y claro, confesé ante la cara de perplejidad de mi madre.
  También fue mi abuelo quien me explicó que la serie era la dramatización de una novela histórica de Robert Graves, “Yo, Claudio”, es decir, no era exactamente Historia, diferencia que para un niño de nueve años con el culo dolorido de las tortas que le ha dado su madre, por espabilado, estaba bien lejos de ser comprensible. Que nadie piense que quiero denostar la serie, todo lo contrario, hasta que la vi los romanos no pasaban de ser aquellos tipos con el pecho de lata que siempre terminaban echando cristianos a los leones en el circo. Para mi fue impresionante humanizar a aquellos “paganos desalmados” que aparecían en las películas disfrutando como enanos mientras los leones desayunaban y, sobre todo, humanizar a aquellos emperadores que, si bien no es que fueran ningún dechado de virtudes, y menos en el espacio histórico que Graves elige, tampoco es que fueran mucho más, o menos, que humanos enfermos, en el caso de Calígula, entregados a las intrigas políticas y palaciegas de la época.
  No tardé demasiado, un par de años más, en darme cuenta, gracias a un profesor de Sociales sin pelos en la lengua, que los romanos no sólo eran humanos, si no que, además, no supieron qué era un cristiano hasta bien pasada la primera mitad del siglo II d.C. y claro, a ver cómo se come eso después de haber visto a Peter Ustinov haciendo de Nerón y a Finlay Currie haciendo de San Pedro en “Quo Vadis?”, pues hay dos opciones, o con papas, o guardando un gran excepticismo al respecto... ni que decir tiene que yo opté por lo segundo... y encima lo escribí... no fue fácil.
  Para colmo de males, al poco de comenzar a bucear entre la historia del cristianismo también fui muy consciente de que la historicidad de aquel Jesús que, por lo menos a mi alrededor, todo el mundo daba por cierta era, como poco, dudosa, y digo como poco porque la realidad es que no hay la más mínima prueba histórica de su existencia -y no, los evangelios no son prueba histórica alguna porque, primero, no son hebreos, a excepción del de Juan, son griegos, y segundo, todos fueron escritos bien avanzado el siglo II-.

  Para poder escribir sobre el tema me tuve que enfrentar a que, aunque todo lo que expongo en los siguientes tres artículos no está oculto o forma parte de ningún saber iniciático o esotérico -no es más que Historia-, acceder a ello es, cuanto menos, complicadillo, por varias razones, pero, en general, porque los historiadores pasan de puntillas sobre el tema, es comprensible, no era un tema cómodo en el año 1000, o 1500, o 1960, no lo es hoy día y, aunque espero que la cosa cambie, me barrunto que seguirá sin serlo durante mucho tiempo. Si unimos a esto la gran cantidad de falacias, manipulaciones y falsificaciones que durante mil quinientos años fueron repetidas una y otra vez, enseñadas e imbuidas a generaciones y generaciones, más las que se le suman día a día, yo diría que hasta poco es lo que uno puede encontrarse por ahí. Por eso fue tan importante para mi comenzar en el año 73 a.C., con el tan injustamente vilipendiado Herodes I, el Grande, culpable de aquella Masada que la X Legión romana se encuentra cien años después; pasar por aquella Roma del 64 d.C. en la que reina el emperador Nerón, sin duda inspirador de El libro de las Revelaciones y, por supuesto, de la figura del anticristo, una Roma donde no se ajusticia a nadie en el circo hasta casi final del siglo I; y terminar con el Concilio de Nicea en el 325 d.C., verdadero comienzo de lo que hoy día conocemos como Iglesia Católica y fin absoluto de la Civilización Clásica, bajo mi punto de vista una de las mayores desgracias históricas sufridas por la humanidad.

  Dentro de lo que cabe, la cronología de los hechos es bastante sencilla, es la concatenación de los mismos, para mi lo complicado es mostrar al lector la influencia que tienen los primeros no sólo sobre los siguientes, si no también sobre otros alejados en el tiempo. También es complicado a nivel geográfico, porque, aunque estamos hablando del mundo mediterráneo, tenemos que entender que lo que ocurre en Judea influye en la Roma imperial y viceversa, por ejemplo, si la Roma Republicana no se hubiera convertido en Roma Imperial Herodes difícilmente hubiera reinado, o si las tropas romanas no hubieran destruido el templo de Jerusalem no se habría construido el Coliseum, es más, si Flavio Josefo no le hubiera regalado una copia de La Guerra de los Judíos a Vespaciano estos no habrían podido volver a residir en Roma y, casi con toda seguridad, hoy día nadie sabría qué fue Masada.

  Sé que está mal que yo lo diga, pero he disfrutado como un enano escribiendo estos artículos, espero que ustedes también lo hagan al leerlos o, por lo menos, les anime a rebuscar un poco más sobre esta parte de nuestra historia que, aunque lo parezca, no está escondida en absoluto, sobre todo porque la historia del origen del cristianismo, nos guste o no, también es nuestra historia.

  Los tres artículos siguientes se pueden leer de forma independiente, pero si se hace respetando la cronología de los mismos es más sencillo darse cuenta de cómo hechos que parecen inconexos no lo son en absoluto, aunque, como digo, eso no significa que no puedan leerse de forma independiente y en el orden que se desee, sólo es una recomendación. Adelante...

Masada - (73 a.C.-73 d.C.)
El Gran Incendio de Roma - (18 o 19 de julio, 64 d.C.)
El Concilio de Nicea - (305-325 d.C.)

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