La realidad SIEMPRE supera la ficción

SBMontero

Gritar está sobrevalorado La sangre no sólo gotea hacia abajo No olvides mirar hacia arriba Si no hay luz no bajes al sótano Si hay luz abajo no subas a la buardilla oscura El silenciador no esconde el disparo Nada es lo que parece Todo es exactamente lo que es La risa de los niños lo cura todo

20161117

Luí

  —Dicen que todos tenemos un doble en alguna parte —musita mirándose al espejo mientras se enjabona la cara para afeitarse —. Tendría gracia, ¿Verdad, Luí? Sería toda una broma del Universo —coloca la cara de forma que la mitad está fuera del espejo y la mitad dentro mostrando una sonrisa blanca, nívea, perfecta —, sí, un chiste del carajo —murmura observando el filo de la navaja de afeitar como un cirujano observaría el de un escalpelo —. Es una tontería, conmigo rompieron el molde, Luí —dice levantando la voz y comenzando a afeitarse, despacio, apurando todo lo posible.
  Pulcritud, ante todo pulcritud. Su padre siempre fue tajante al respecto. Cuando era niño le repetía una y otra vez «Un hombre limpio es un hombre sano», mientras lo bañaba con una botella de whisky DYC al lado, la camisa remangada, una amplia sonrisa, mucha agua fría y un estropajo de esparto sobre su pequeña espalda llena de moretones y marcas de cinto.
  —Vaya, ¿Sabes de quién me acabo de acordar, Luí? De mi padre, sí. ¿Te acuerdas de él, Luí? Nos las hacía pasar canutas, el viejo cabrón, ¿Eh? Joder, que si nos las hacía pasar canutas... —la navaja se queda a medio camino de la cara y durante dos largos minutos sus ojos parecen perdidos en pensamientos que deambulan por extraños laberintos escondidos en lo más profundo y oscuro de su mente mientras Boris Berezovsky toca Lullaby de Khachaturian en la radio, hasta que sus ojos recuperan la luz y la mano sigue su camino —... pero aquí estamos, muy a su pesar, ¿Verdad? —sentencia apurando la navaja cuello arriba.
  Se aclara la cara y entra en el dormitorio. Alisa la solapa del traje gris que hay sobre la cama. Sólo tiene tres, pero de muy buena calidad. Su padre siempre decía que había que vestir bien, aunque no se tuviera para comer. Día tras día le machacaba lo de «Con un buen traje se consiguen muchos bocadillos», mientras se arreglaba la corbata de seda y él se acurrucaba en la esquina del sillón sintiendo gruñir las tripas.
  —Oye, Luí, he estado pensando —dice contando los billetes y monedas que tiene sobre la cómoda. Hay poco, pero tendrá que ser suficiente —, ¿Qué te parece si voy a buscar algo de comer? Ya sabes, una hamburguesa, unas cervezas, tal vez un par de chavalas, igual las traigo y montamos una juerguilla, ¿Eh? ¿Qué me dices? —suelta mientras se abrocha los botones de la chaqueta y cruza el salón hasta la cocina. Coge un saquito de pienso para gatos de la alacena, llena un cuenco y lo deja al lado del cadáver de un gato al que le asoma el mango de un cuchillo entre las costillas —A mamá le encantaban los gatos, papá los ahogaba cuando se cabreaba con ella... aunque luego siempre le traía otro para hacer las paces, era un romántico empedernido, el viejo, ¿Verdad, Luí? —dice encaminándose al salón.
  En el sofá una pareja de testigos de Jehová que tuvieron la desgracia de tocar en la puerta dos días antes parece montárselo, la chica tiene la cabeza metida entre las piernas del muchacho con la revista La Atalaya, que asoma enrollada por su bragueta, en la boca -les rajó la garganta mientras bebían café-. A su lado un pobre diablo del Círculo de Lectores que tocó en la puerta el día anterior parece estar metiéndole mano debajo de la falda -le abrió la cabeza con un martillo para aplanar carne-.
  Pasa al lado de la escena como sino los viera y se para en el pasillo.
  —Sabes que me gusta una juerga como a cualquiera, Luí, de verdad, pero convendrás conmigo en que tus amigos parecen unos ocupas con una falta de higiene personal preocupante, no hay más que olerlos... y lo del ménage à trois... esto no es normal. Siento decírtelo, Luí, pero cuando vuelva los voy a echar —suelta agachándose y mostrando una sonrisa perfecta, blanca, nívea mientras mira con atención a los ojos saltones de un pececillo anaranjado que se mueve lentamente dentro de una diminuta pecera sobre la consola de la entrada.

  En realidad Luí no es consciente de él, no hace más que mirar con sus ojillos saltones al apuesto pececillo que lo mira desde su propio reflejo en el cristal de la pecera...

  «¿Sabes?», le dice entre burbuja y burbuja, «Dicen que todos tenemos un doble en alguna parte, ¿Tú qué crees?»


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