La realidad SIEMPRE supera la ficción

SBMontero

Gritar está sobrevalorado La sangre no sólo gotea hacia abajo No olvides mirar hacia arriba Si no hay luz no bajes al sótano Si hay luz abajo no subas a la buardilla oscura El silenciador no esconde el disparo Nada es lo que parece Todo es exactamente lo que es La risa de los niños lo cura todo

20161221

Poesía

  —Papa —repite por tercera vez.
  —... la secuestró en un campamento de montaña, la retuvo nueve meses, a saber lo que le haría… bueno, ¡Joder, le amputó la mano!, pero no habla —su padre escucha con atención.
  —Papá —por fin lo mira con cara de fastidio —. Voy por un refresco —el padre lo observa un segundo. Veintidós años, flaco, desgarbado, despeinado, pantalones rotos, camiseta desgastada y deportivas que bien podría haber sacado de la basura. «Mi hijo», piensa.
  —Claaaro. ¿Podrías tardar más de diez minutos en bebértelo antes de venir a preguntarme cuándo nos marchamos?
  —Claaaro —contesta imitando su tono. «Mi hijo, el universitario», piensa de nuevo al verle arrastrar los pies hacia las máquinas del pasillo.
  Las máquinas de una comisaría no son como las que encuentras en una sala de espera de hospital, no brillan, ni tienen luces, son armatostes viejos, duros y metálicos encadenados a otros armatostes viejos, duros y metálicos que escupen un brebaje al que algún gracioso llama café, o bolsas de cosas crujientes, con suerte no demasiado rancias. Aquellas máquinas son viejas amigas que han hecho de padre sustituto desde que tenía nueve años. Las conoce, sabe que hay una bolsa de Doritos que ya era vieja cuando él casi no llegaba a las teclas, o que si le das una patada a la del café suelta una moneda.
  La lata de cola rebota con un enorme estruendo hasta caer en la balda. Al recogerla se da cuenta de que una chica lo observa desde el banco que hay al lado de las máquinas.
  —Hola —dice.
  —Ho... hola —contesta ella mirando de reojo la lata.
  —¿Una cola? —duda un momento, luego, simplemente, saca otra y se la da. No levanta la cabeza, sólo la coge —. Me llamo Zig —dice sentándose a su lado.
  —¿Zig?
  —Sí, de Zigor —dice con fastidio —, regalo de aquel, el que tiene cara de vasco —ella sonríe con timidez mirando hacia los dos policías que gesticulan al final del pasillo.
  —¿Qué significa?
  —Venganza... uuuuuh —los dos sonríen.
  —¿Hablan de mi?
  —Están mosqueados, son policías, les pasa cuando no saben qué hacer.
  —No voy a denunciarlo —vuelve a agachar la cabeza mientras él observa la manga derecha de su rebeca.
  —¿Quieres que te abra la lata?
  —Te lo contaron —dice nerviosa —. Me... me la cortó porque le dije que me la mordería sino me quitaba los grilletes.
  —Pues si eso no es para meterlo entre rejas... —murmura mientras le abre la lata.
  —Quieren que denuncie a quien lo mató —la mira interrogante —. Sí, él... él... yo lloraba en silencio todas las noches, en el suelo, desnuda, sucia, sin poder lavarme, con el muñón latiéndome hasta el hombro. Una noche oí como se rompía la puerta de la casa, aquel puerco intentó pelear, pero acabó tirado en el suelo, después lo desnudó, lo ató a una silla, le sacó todos los dientes con unos alicates, le machacó los dedos de los pies con un martillo, le cortó una mano con un hacha; primero dedo a dedo, luego por la muñeca; le quemó los... los... bueno... los... —asiente mientras ella se señala la entrepierna —... con un soplete, le sacó las tripas poco a poco y, al final, le rajó el cuello.
  —¿Lo viste?
  —Lo habría hecho yo —dice mirándolo a los ojos —, pero no me dejó, dijo que era mejor que no me sintiera culpable de nada, pero podía mirar, si quería.
  —¿Y quisiste? —lo mira con los ojos húmedos.
  —¿Sabes qué hacía aquel asqueroso cada vez que terminaba? Leía poesía, declamaba, se llamaba a si mismo "el poeta". Yo amaba la poesía. Ahora, cada vez que me viene a la cabeza una estrofa, mis recuerdos traen imágenes que me hacen temblar de miedo, pero también recuerdo su cara mientras iba perdiendo los dedos de la mano, o cuando el martillo le aplanaba los dedos de los pies y el miedo se diluye, ¿Entiendes? —asiente dando un sorbo a la lata —¿Tú lo denunciarías? —no contesta.
  —¿Vamos, o te quedas, Zig? —brama su padre desde el otro lado del pasillo.
  No fue hasta un par de días después, en la cena, cuando su padre comienza a mirarlo con más atención que de costumbre. Quiere preguntar, pero no sabe bien como abordar el tema, así que se limita a pasarle los guisantes y soltarlo a bocajarro.
  —Oye, hijo, ¿de qué estuviste hablando el otro día con aquella chica en la comisaría? —mientra se pone guisantes en el plato siente como su padre escruta su expresión, así que lo mira y pone cara de niño bueno.
  —De poesía, papá, de poesía.


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