La realidad SIEMPRE supera la ficción

SBMontero

Gritar está sobrevalorado La sangre no sólo gotea hacia abajo No olvides mirar hacia arriba Si no hay luz no bajes al sótano Si hay luz abajo no subas a la buardilla oscura El silenciador no esconde el disparo Nada es lo que parece Todo es exactamente lo que es La risa de los niños lo cura todo

20170214

Un grito y cinco segundos

  —Se giró al escuchar el grito... —dice como si fuera obvio y banal mirando la alfombra cerca de la escalera.
  —¿Disculpe? —el médico lo mira —, ¿ha dicho algo?
  —... que se giró al escuchar el grito —repite elevando el tono con tranquilidad, como si hablara con un niño pequeño.
  —¿Qué grito?
  —Es evidente. Iba camino de la escalera, alguien grita, se vuelve y lo empujan —dice con la misma tranquilidad mirando por encima de la barandilla el cuerpo al final de la escalera —. Cinco segundos.
  —¿Qué?
  —Cinco segundos, es lo que tardó en dejar de vivir.
  —Morir, lo que tardó en morir —corrige el médico.
  —Es otra forma de verlo, sí —remeda en voz baja mientras da un lento paseo alrededor de algo invisible —. ¿Ve esas marcas cerca del borde del primer escalón? Diría que corresponden a los talones de esos zapatos tan caros que lleva el difunto de abajo. Se gira al escuchar el grito, postura adelantada como corresponde a un sobresalto, de ahí las marcas de los talones, y alguien aprovecha ese pequeño giro para empujarlo escaleras abajo.
  —Podría ser —dice el médico mirando las marcas en el suelo —, aunque pueden ser viejas, o incluso de una escalera plegable para limpiar las lámparas.
  —¿En serio? —responde divertido —¿Cree que esas marcas quedarían después de limpiar la alfombra, ya fuera de talones, o de escaleras plegables? Sabe que las escaleras plegables tienen cuatro patas, ¿Verdad? —y se gira para mirar de nuevo el cuerpo desde la barandilla.
  «¿Quién es este listillo?», piensa el médico mientras lo observa. No lleva chaqué, bajo el abrigo de paño lleva un terno con americana de cierre sencillo, pero las botas son harina de otro costal. Están hechas a mano, de gruesa suela de cuero y refuerzo en laterales y empeine, para caminar, sí, pero también para aguantar rozaduras y golpes.
  —¿Me acompaña, doctor? —dice bajando la escalera. Lo hace despacio, mirando con detenimiento cada grieta, hueco, arañazo, mota de polvo, como si hubiera una conversación que sólo él pudiera escuchar. El médico intenta adivinar qué es lo que ve, intenta atisbar si en realidad hay algo que se le escapa —¿Ve esa pequeña mancha de sangre, al lado de la pared? Ahí tocó la nuca de la víctima con la esquina del escalón, eso descarta que resbalara escalera abajo. Es un buen salto de espaldas, ¿No le parece? —tendría que mirar el cuero cabelludo de la víctima, pero parecía plausible —. Aunque eso no lo mató, diría que el brazo se le enganchó en ese barrote roto, lo que le sacó el hombro y al girar la cabeza se rompió el cuello al encajarlo entre esos dos escalones, aquí, por eso terminó en esta postura tan grotesca con el brazo extendido sobre la cabeza —«Tiene razón», piensa al arrodillarse y encontrar algunas astillas en una marca en el cuero cabelludo encima de la nuca —. Bien, tenemos un tipo que se acerca a la escalera, se gira al escuchar el grito, un segundo, alguien lo empuja, al rotar en el aire su cabeza da contra el escalón aturdiéndolo, dos segundos, gira de nuevo y su brazo queda encajado entre los barrotes, tres segundos, se le sale el hombro, gira la cabeza por el dolor y se rompe el cuello al encajarlo entre dos escalones, cuatro segundos, llega al final de la escalera y expira, cinco segundos —mira a su alrededor.
  —¿Busca algo?
  —¿Qué cree que agarraba con esa mano derecha cerrada como una tenaza? —acerca la nariz a la mano y aspira con fuerza —Algo de cuero tratado con grasa de caballo, tal vez una cartera de piel. Diría que sino está aquí es porque alguien la cogería... ¿Tal vez quien lo empujó escaleras abajo?
  —Vaya, veo que ya se conocen —los dos miran hacia la puerta del pasillo, un inspector barrigón de paisano con un puro en la mano los mira divertido —. ¿Alguna conclusión?
  —Hágame un favor, ¿El cuerpo fue encontrado por una criada? Yo registraría a fondo su habitación. Tal vez encuentre una cartera de cuero llena de papel moneda. Hay una huella de hollín en la solapa del abrigo de la víctima, por su tamaño creo que femenina —el inspector mordisquea el puro rezongando y sale por la puerta como alma que lleva el diablo.
  —Lestrade se equivoca, no nos conocemos —dice el doctor ofreciéndole la mano —. Watson, John H. Watson.
  —Holmes, Sherlock Holmes, un placer —contesta estrechándosela mientras sonríe con cara de loco.


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