La realidad SIEMPRE supera la ficción

SBMontero

Gritar está sobrevalorado La sangre no sólo gotea hacia abajo No olvides mirar hacia arriba Si no hay luz no bajes al sótano Si hay luz abajo no subas a la buardilla oscura El silenciador no esconde el disparo Nada es lo que parece Todo es exactamente lo que es La risa de los niños lo cura todo

20170909

Bliubliubliu

  Susana esperaba que la tapa del ataúd se abriría en cualquier momento, el viejo se levantaría con cara rara hasta que sus ojos se encontraran, entonces sonreiría y le sacaría la lengua. Pero no ocurrió.
  También creyó que estaría sola en el velatorio, que tal vez apareciera alguna amiga del viejo, pero había muchísima gente que no conocía de nada. Se acercaban, la saludaban, cuatro incluso viajaron desde el extranjero para acudir al sepelio. Una señora asiática lloraba y lloraba mientras un señor turco, de nombre impronunciable, le ponía el brazo sobre los hombros. Aunque allí no había otra familia que ellos, siempre habían sido sólo ellos dos. Estaba sorprendida, incluso después de muerto el viejo la había vuelto a sorprender, y cada vez que lo pensaba tenía que agachar la cabeza para poder sonreír entre lágrimas.
  —Todas mis propiedades serán vendidas y el dinero le será entregado a mi sobrina. Así mismo le lego la casa de Taidía, su terreno y todo lo que contiene para su disfrute —leyó el notario tras llamarla para que acudiera a la lectura de un testamento que no conocía, en el que se le legaba una casa que no sabía que existiera. También le entregó una tarjeta con banda magnética, disfrutando un poco más de lo deseable de su cara de asombro —. Era un tipo curioso, me caía bien —le dijo con una sonrisa.
  Una semana después recorría kilómetro y medio montaña arriba, desde la carretera de tierra donde el taxista la dejó, hasta la casa.
  No tenía llave, tampoco hacía falta, estaba abierta. No era gran cosa, una planta, una habitación con una vetusta cocina Corberó, un dormitorio con una cama de un solo cuerpo, un baño con un plato de ducha y un lavabo y, al fondo, un escritorio sobre el que descansaba un viejo ordenador.
  Se sentó y observó la pantalla. Nada. Miró el ratón, «¿Tres botones?», pensó. Al moverlo la pantalla cobró vida, "Usuario: _" con un cursor parpadeante al final, de fondo el disco duro sonaba como una cafetera a punto de explotar. No perdía nada, así que tecleó el nombre de su tío, la pantalla volvió a "Usuario: _". Intentó con variantes. Nada. Y cuando ya iba a darse por vencida, pensó «Y sí...», y escribió su nombre. Nada. Entonces, sólo por reírse, tecleó el mote con que la llamaba desde pequeña... "bichejo"... y la pantalla se apagó.
  El chasquido a su espalda la sobresaltó. Había una trampilla en el suelo que dejaba ver una escalera descendente. Al asomarse vio un sótano bien iluminado, así que bajó.
  No era un sótano muy grande, tal vez diez metros cuadrados. Las paredes, el techo y el suelo parecían de metal pulido y lucía tan limpio en comparación con lo de arriba que era casi irreal. En medio del cuarto se erguía una sólida puerta de madera tallada embutida en un marco del mismo material que el resto del cuarto. La rodeó admirando el tallado. Su tacto era suave, casi aceitoso.
  Entonces reparó en la mesita al fondo con un sobre encima que tenía escrito "Bichejo" a lo largo y, dentro, una escueta nota: "Camina. Da recuerdos a los amigos". «Valiente tontería», pensó, y al volverse se encontró con un lector de tarjetas a la derecha de la puerta. Era un sitio bastante estúpido para ponerlo, ¿Para qué podía servir?
  «Y sí...», volvió a pensar sacando la tarjeta y pasándola por el lector.
  La puerta se abrió con un ruido deslizante, sólo que tras ella no se veía el resto de la habitación, había un desierto de arena azul bajo un cielo amarillento, aunque eso no era todo, algo se acercaba a la puerta desde el lado de la arena y, por increíble que pareciera, llevaba el sombrero de paja de su tío, sólo que debajo había una especie de pulpo que la miraba desde sus tres pares de ojos.
  —Bliubliubliu... prrrrrrrr —soltó antes de que ella diera un grito y le cerrara la puerta en las narices.
  ¿Qué sería aquella puerta?, ¿Qué demonios era aquel espanto de seis patas que...? Y entonces cayó. Se acercó a la puerta, respiró hondo y la abrió.
  Aquel engendro seguía allí, a unos metros de la puerta mirándola desde todos aquellos ojos.
  —¿Me... me acabas de enseñar la lengua? —preguntó con una cara mezcla de asco y sonrisa. —Bñoi ¿Bliubliubliu?... prrrrrrrr —que venía a ser algo así como "Claro, ¿Me engañó tu tío cuando me dijo que así se saludan en tu mundo?... prrrrrrrr".


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